116 Kerwin

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Salimos corriendo hacia el oeste esperando que la bestia se sacie con la comida o, al menos, que se distraiga lo suficiente como para permitirnos escapar. Comentan si tirar las ramas de leña para poder aumentar la velocidad, pero les grito para que no lo hagan. Pronto volveremos a estar perseguidos y entonces, toda ayuda será poca.
Observamos a lo lejos una pequeña aldea. Ese parece un buen lugar para resguardarnos. Además, si hay gente aun viva, el animal sin la manada no se atreverá a acecharnos allí. 
Casas de piedra, a decenas, comienzan a poblar el paisaje. En un principio una gran alegría nos invade: hemos encontrado vida. Pero poco a poco, la alegría se vuelve agonía. Todos los hogares se encuentran tapiados y no existe rastro de movimiento cerca. Parece un pueblo fantasma.
Finalmente encontramos una pareja de ancianos recogiendo agua del pozo de la plaza. La mirada de los agricultores muestra arrugas y rechazo. Son cuerpos deteriorados, dominados por almas cansadas que han visto el horror. Despojos de vida.
-¿Quiénes sois? -nos preguntan con una voz cadavérica.
Nos miramos entre nosotros. No podemos entender como pueden recibirnos de esta manera.
-Venimos del este. Traemos el elixir de la vida… pero necesitamos protección…
-No importa lo que traigáis: la muerte lo domina todo. Aquí hay una pequeña muestra de lo que ocurre en el mundo.
Tras esas palabras un silencio escalofriante es roto por un aullido cercano.
-¿Qué ha ocurrido con la gente del pueblo? No pueden estar todos…
-Han elegido vivir sus últimos momentos dignamente, encerrados en sus casas. No los molestéis: imploran por el favor de Darío.
-¡Entonces venid vosotros! Podemos salvaros. Sólo necesitamos armas para acabar con el lobo que nos persigue…
-¿Acaso habéis entrado en nuestro pueblo para traernos más desgracias?
-¿Qué podíamos hacer sino? ¡Ayudarnos y nos salvaremos todos!
La conversación comienza a producirse a gritos. Desde el horizonte crece el rumor de la bestia aproximándose por segundos. La tensión desgarra el ambiente.
-En la entrada del silo tenéis herramientas para los cultivos -comenta la mujer del agrio anciano-. Espero que os sirvan, muchachos.
Los ojos entrecerrados del hombre atraviesan los de ella. Sin embargo no hay tiempo que perder y según entendemos la información corremos hacia el silo. La puerta está abierta de par en par y hay una primera caseta antes del descenso donde deben de estar las reservas de comida. En la caseta, hay diversas herramientas colgadas. Cogemos un par de rastrillos y picos, y estudiamos la situación. Tenemos que coger al animal desprevenido y con un fuerte golpe acabar con él o provocarle una grave herida.
Un grito desgarrador procedente de plaza resuena en el aire: la bestia solitaria se encuentra enfrente de la pareja de ancianos.

Continúa leyendo 117 Jonhy o visita el índice de Los reinos del sur, la primera novela de la trilogía, El enigma de los dioses.

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