113 Evangelio de Pawel

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En los tiempos del fin del mundo fui engendrado para infundir los últimos vestigios de esperanza a unos habitantes consumidos por la guerra y la destrucción. Me senté en el trono de Frangul como el último rey del sur y levanté a mi pueblo entre las ruinas, con este discurso:
-Vuestro hogar puede ser un montón de maderas. Puede, que vuestras cosechas no den fruto. Puede, que hayáis sufrido duras heridas a causa de las guerras o incluso que hayáis perdido seres queridos. Pero lo que hoy nace conmigo es la seguridad de que todo lo profetizado es cierto. Cuando observéis caer cascadas de agua del cielo, no temáis: será la purificación de vuestra alma. Cuando descubráis con asombro que el nivel del mar asciende, no temáis: seréis bautizados para volver a nacer en el paraíso prometido. Pero ay, ay de los que no apartaron las máscaras de sus corazones y se resisten a creer. Ay, ay de aquellos que no cumplen con su deber. Ay, ay de aquellos que continúan firmes intentando superar el temporal. ¡Ay! Porque el mar irrumpirá en sus pulmones y no tendrán oportunidad de continuar inhalando aire para enmendar su error. ¡Serán hundidos en el océano junto a todo el Mal que desola el continente! ¡Salvaros mientras podáis! ¡Luchar elevando la bandera de vuestro corazón y la salvación se mostrará ante vosotros!
Mis palabras fueron transmitidas en todo el continente, más allá de la última confrontación. Todos luchaban, eligiendo un bado u otro: el bien o el Mal. Todos pugnaban en el conflicto final, unos por defender su tierra, otros por unirse a sus compatriotas, otros por calmar su sed de sangre, pero ninguno, aún teniendo en mente el mensaje divino, luchaba de corazón por su dios. Los hombres de los bosques se unieron a los hombres del sur, a pesar de repudiarlos desde un principio, por salvar sus vidas. Crearon una gran defensa en la ciudad reconstruida de Rasel y armaron defensas en otros lugares estratégicos. El rey del norte, atacaba sin piedad a pesar de contar con innumerables bajas según se aproximaban a las zonas defendidas, pero el número de la especie gull parecía infinito. Filas y filas de seres horrendos aparecían, caían los primeros víctimas de los lanceros y las trampas preparadas, y los siguientes pisaban sin escrúpulos a sus compañeros para continuaban avanzando. El horror se extendió por doquier.
Y ese fue el día establecido por los dioses para establecer el Juicio Final. El agua caía y caía de los cielos, provocando charcos inmensos. Aun así la guerra continuaba en todo su apogeo. Debía dictar el futuro de los antiguos hombres, pero ante tal degeneración pensamos en abandonarlos a su suerte. El nivel del mar continuó ascendiendo, mientras las luchas se seguían produciendo, hasta ocultar el estridor de la guerra. Sólo un pequeño grupo aguardó fuera de la inundación. Se habían resguardado en el monte más alto del continente, y rezaban por la salvación. Aunque eran de buen corazón, y por un segundo discutimos si salvarlos, no se mantuvieron con coraje al lado de su rey, y la salvación no giró hacia ellos. El lugar escogido para elevar el puente hacía el paraíso era donde el rey del norte y yo librábamos la última batalla. El agua también había inundado esa zona pero peleaban sobre un peñasco que parecía flotar en medio del vendaval. No, era la voluntad de los observadores que habían decidido dar la última oportunidad a los hombres. Los pocos sobrevivientes pugnaban por subir para mantenerse al lado de su rey, desesperados ante la idea de encontrarse ante un final apocalíptico. Al escudriñar sus corazones descubrimos con desilusión que luchaban por salvar sus vidas, no por sus creencias. Fue confirmando cuando algunos, al conseguir llegar al lado de su rey, se ocultaron detrás de él en vez de atacar al enemigo. Ese fue el momento en el que concluyó la batalla.
Nos observamos durante unos segundos sin movernos nada. Los gritos espantosos de los hombres nos acompañaban de fondo. “Piedad”, suplicaban. 
-¿Por qué piedad? ¿A caso nos habéis obedecido voluntariamente? ¿A caso vuestro corazón merece ser perpetuado? ¡No! Vuestra degeneración os ha conducido a luchar por el poder, o peor aun, por cobardía. No importa que raza o creencia seáis, no importa. Lo importante es mantenerse firmes por vuestros principios y que los principios estén acorde con las exigencias divinas. Esa es la única regla. Nadie, a estas alturas, recuerda por qué deseaba luchar. Habéis fracasado: ahora moriréis.
El agua continúo ascendiendo, arremolinándose como un huracán. Los pocos supervivientes fueron engullidos por el remolino. Nosotros mismos, después de dedicarnos una última mirada de aprobación, también nos lanzamos a la destrucción. Así se limpió la imperfección.
Tal vez el destino sea inexpugnable, pero si os mostramos vuestro futuro es para que os retractéis. Los errores de la degeneración son profundos y tendréis que luchar para evitarlos. Se os ha concebido una segunda oportunidad. El sello del destino sólo ocurrirá con el desarrollo de los acontecimientos, pero cada cual es libre de escoger los ideales de su corazón y puede ser recompensado con el paraíso prometido. Entender el mensaje y actuar en consecuencia. Muy pronto llegará el Juicio Final donde vuestro corazón será escudriñado. Alegraos, si vuestro amor al dios verdadero es sincero. Y llorar, porque la dura prueba provocará horror, confusión y mucho dolor.

Continúa leyendo 114 Kerwin o visita el índice de Los reinos del sur, la primera novela de la trilogía, El enigma de los dioses.

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