Introducción al enigma II

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Es la media noche ya. He estado caminando hacia la Montaña Sagrada durante cinco horas. A penas me quedan un par de minutos más, pero no estoy seguro de poder llegar. Mis piernas notan el peso de mi carga, y sobretodo, mi corazón da vuelcos al pensar en lo que me espera. El camino es de tierra, con muchas piedras. No hay luz artificial, la escasa que me guía procede del cielo. Y de sonidos, con el murmullo del viento me debo conformar.
Al fondo veo la montaña cubierta de nubes negras. Es el lugar donde se entierra a los muertos, un sitio inusual para un cementerio. Yo debo darle mi último mensaje al rey Siegfried, fallecido hace tan solo unos días. Era ya viejo y se sabía que sus últimos días estaban próximos, pero no por eso dejó de entristecer a su gente. Fue un gran gobernante, siempre intentando conquistar nuevas ciudades, y consiguiéndolo de una manera magistral. Estas conquistas se pueden observar en el mapa, con dos ciudades más que antes de su reinado. Nadie ha conseguido tal hazaña. Aunque lo hiciera a través de la guerra, no por eso dejó de ser amado. Fue el mejor de todos los tiempos. Mi largo viaje es exigido, para no estropear su cometido.
El camino está a punto de morir. Antes de proceder a adentrarse en la Montaña Sagrada, hay que cruzar el largo puente de caña, que une el mundo de los vivos, con el de los muertos. Bajo, una masa de líquido rojizo y luminoso espera, para quién caiga fatalmente. Posiblemente sea el primero en intentarlo en estas horas, pues se entierran de día y jamás nadie ha salido de la ciudad por la noche. En mi caso, debe ser a estas horas, porque sólo con la luna y las estrellas en el cielo, se puede establecer este tipo de conversaciones.
Hay leyendas antiguas sobre un guardián por estos parajes desoladores. Quién desea profanar la tumba de los fallecidos, debe enfrentarse antes a un centinela que guarda el descanso eterno. A cambio, también se cuenta que quién logre superar este obstáculo, recibirá mensajes ocultos que influirán positivamente en la opinión pública. En cuanto a estas cosas, las leyendas no tienen por qué cumplirse siempre, simplemente están para que no entremos por diversión donde no debemos. Pero lo mío es por una cuestión de máxima urgencia. El sucesor de Siegfried, se encuentra perdido, incapaz de continuar la gran labor que éste realizaba. Mi tarea aquí consiste en intentar ponerme en contacto con él, para recibir las señas necesarias que se necesitan para continuar su trabajo al frente del gobierno, como hasta ahora. Hablar con los difuntos no es cosa fácil. Para ello hay que adentrarse en su tumba y pronunciar unas palabras mágicas. Si el muerto escuchase el mensaje desde el más allá y se dignase a responder, lograría cumplir mi misión. Sino no.
Avanzo sigilosamente hacia el puente. Se encuentra en pleno movimiento, por el agitamiento del viento que cruza por la falda de la montaña. Parece que en cualquier momento se puede llegar a caer, pero está así durante siglos. Al fondo, la luz de las estrellas enfoca un camino, no más acogedor, que conduce a la cima del monte, donde se encuentra el cementerio. Aun habiendo estado aquí de día, no creo que siga la senda con facilidad. El recorrido es confuso, y más de noche.
Pongo un pie en el puente, la caída sería mortal. La caña cruje en las inmensidades del vacío, que parece eterno. Coloco el otro pie y me agarro fuertemente con ambas manos. Mi cuerpo entero tiembla con el simple pensamiento de caer. Pero es que, todo el puente tiembla conmigo. ¡Que vértigo!
Abajo, el líquido rojo brilla más que nunca. Está atento a cada movimiento mío, esperando ansioso el momento de zambullirme en su calor abrasador. Una gota de sudor me cruza la frente, deshaciéndose en la ceja. El calor es sofocador, los gases del líquido irrumpen en mi piel produciendo picores insoportables.
-¿Qué sucede? -pienso- Esto de día no ocurre.
Pero ahí no acaba la cosa. Al otro lado del puente me espera una sombra negra. Estoy seguro que no es provocada por una roca o cualquier material que no deja pasar la luz por esa zona, sino que se trata de un acontecimiento fantasmagórico o propio de la mente. Sea como sea, me interrumpe el paso y me produce un terror espeluznante. Aun así, prosigo mi camino avanzando por entre la caña a punto de desquebrarse.
-¿Quién osa adentrarse en el terreno de los muertos? -pronuncia una voz entrecortada por el fuerte viento. Más bien, parece un sonido procedente del propio viento.
No me atrevo a responder. Estoy paralizado ante un terror incomprensible. Pero como si fuera un robot, continúo avanzando muy a pesar del pánico que experimento. Aun quedan suficientes metros para que la figura desaparezca, o confiese su naturaleza.
El tiempo transcurre con esa imagen minando mi mente. Está al final del puente, esperando pacientemente mi aproximación. Sin embargo yo prosigo hacia ella, con una esperanza muda de que sea simplemente una alucinación. Lo hago agarrando con extrema fuerza la barandilla de cuerda, con una lentitud abrumadora y sin cesar un segundo en mi aproximación. La sombra me espera al otro lado, inmóvil.
-Soy guardián de la tumba y centinela del puente. ¡Confiesa tu identidad!
Aquel murmullo me deja atónito, congelado de súbito. Esta vez sí quedo paralizado, inmóvil ante tal evidencia de presencia. Es imposible que los espíritus de los muertos puedan materializarse de tal modo. Lo que estoy observando no es normal.
Después de pensarlo detenidamente, prosigo con mi misión. Los espíritus, cuando no les prestas atención, tienden a desaparecer. Agarrándome prudentemente a la cuerda que sirve de barandilla, y dando pasos lentos, avanzo hacia el lugar de la sombra. Ésta muestra un resplandor de inteligencia, en la zona de los ojos. Ésta, no sé de donde, saca un objeto metálico, que refleja en su hoja afilada el rojo del líquido de abajo. Lo levanta a lo alto y corta una de las cuerdas que sostiene el puente. Acto seguido, desaparece.
Quedo completamente inmóvil. Cualquier movimiento brusco podría desplomar el puente y precipitarme así hacia el fuego líquido. El puente, debe aguantar mi peso. Mi lentitud debe ser considerable. Mientras mis ojos no dejan de observar el final, con el único deseo de que el ser no vuelva a aparecer.
Al dar el siguiente paso, la única cuerda que sostiene el puente, cede. Éste, se divide en dos, dejando una parte atrás y otra delante. Logro agarrarme a la de delante, evitando caer al río de fuego. Pero una vez puedo mirar la situación, quedo horrorizado ante lo sucedido: la cuerda ha quebrado por otra zona muy distinta de donde la sombra había actuado. La situación es que me encuentro sujetado a la caña, sostenida solo por una de las cuerdas.
Intento agarrarme de la misma cuerda, y comenzar a trepar por ella. Podría ocurrir que la caña la desgarrara. Comienzo, de esta manera, a trepar. Ascendiendo con cautela, vuelvo a observar la sombra a lo alto. Otra vez inmóvil, parece observarme y disfrutar ante mi crítica situación. Cosa que me hace temblar, porque en cualquier momento podría repetir la actuación anterior.
No puedo soportar un instante más, y busco, entre el equipaje de mi mochila, la vara mágica que me permita defenderme. Me habían exigido que no la utilizara hasta llegar a la tumba. Pero es que si no la utilizo, es muy posible que jamás llegue a dicha tumba. La encuentro, la saco y me dispongo a conjurar un hechizo.
-Por los siete dioses de la historia. Ayúdame Tais, dios de la magia negra. Estoy frente a la sombra de mi muerte, que espera ansiosa mi caída. Busca quedarse con mi energía. Ayúdame, haz que este puente se eleve, se recomponga para poder ofrecerme una mejor situación. Haz que mi destino cambie, que mi piel no sea tocada por el fuego, que mi oponente no consiga su objetivo. Dios de la magia negra, yo te invoco. ¡Devuélveme al frente!
Entonces, el puente, parece elevarse llevado por una fuerza invisible. Se recompone con su otra mitad, al otro lado del río. Uniéndose de forma que la cuerda, por medio de nudos, vuelve a sostener la caña por ambos lados.
Colocado en medio, con mi vara mágica en la mano y la sombra al fondo, avanzo con decisión. Esta vez no tiemblo, pues tengo en mi mano derecha el objeto que puede liberarme de cuantas desgracias aparezcan. Lo único que me perjudica es que con cada hechizo, el caudal de magia merma, pudiendo hacer fracasar la misión.
La sombra sigue al fondo, incapaz de ver mi furia que aumenta con cada paso. Ha conseguido que estimara la situación de demasiado crítica, como para que tuviera que echar mano de mi magia. Estoy verdaderamente indignado. ¡No era aconsejable que actuase mágicamente hasta la cripta! Ese ser, ha entorpecido mis planes, merece ser castigado. Lástima que no se encuentre en cuerpo presente, le haría cruzar al otro mundo.
-Tienes el poder de hablar con los dioses. Eres fuerte. ¡Desvela tu identidad!
-Soy Nabucodonosor, siervo de Sigfrido, rey de los magos, y tu peor enemigo. Desaparece de mi camino, si no quieres quedarte definitivamente en el Hades.
Pero la sombra, lejos de desaparecer, da un paso hacia mí, retándome a luchar, a enfrentarme al ser más temido del cementerio. Me preparo, concentrado en aquella sombra que se aproxima por momentos.
-¿Tienes sueño? -pronuncia en forma de amenaza- Tus párpados pesan. Tu olfato apenas capta el pútrido hedor de la muerte. Tus oídos pierden nitidez respecto a mis comentarios. Y el tacto de tu vara comienza a ceder.
¿Qué está pasando? Lo que está ocurriendo queda en un segundo plano. Es la obsesión de la sombra, lo que me introduce en un mundo de sueños. Comienzo a ver con claridad la dimensión de sombras, de almas perdidas en un espacio para ciegos. Un purgatorio para todos aquellos que han vivido en el mundo de los magos. Una pesadilla para aquel que se juega la vida en la puerta del Hades
-Muerte para aquellos que escuchan las campanas. Almas despojadas de sus facultades: al carecer de cuerpos, carecen de sentidos. Sueños que regeneran las mentes saturadas. Infierno en el fuego de agua…
Fuego de agua que quema las visiones. Fuego que se introduce en la mente, en un resplandor, como un gusano que busca el celebro para asesinar. Ahí, en frente, ahogando mis ansias de felicidad. Arrebatando la necesidad de dormir…
-¡Oh, dios mío!
Me encuentro desplomado en el suelo, al otro lado del río, atraído por la fuerza invisible de aquel ser. Es justamente el rojo de su fluido, lo que me ha despertado del trance. La sombra está rodeando mi cuerpo, absorbiendo la energía del mismo. La vara se encuentra a varios metros. ¿Qué puedo hacer?
-¡Aparta! ¿No ves que el dios de la magia negra está de mi lado? ¡Te aplastará como una comadreja!
Pero la sombra se encuentra bordeando mi cuerpo, absorbiendo cada célula mía, desde el mismo interior. Me está poseyendo, en un intento de regresar a un cuerpo vivo.
Giro la cabeza hacia el lado donde está la vara. Sólo un par de metros. Estiro la mano, es inútil, hay demasiada distancia. Me encuentro abatido, impotente ante un rival tan diferente a mí.
Me concentro en un truco que me enseñaron cuando era joven. Se trata de que los objetos que no están a tu alcance, puedan ser atraídos con la fuerza de la mente. Para ello se necesita una capacidad superior a la que emplea cualquier maestro de la magia. Aun así lo intento, es mi última oportunidad. La miro atentamente e intento atraerla hacia mi mano, sin éxito.
-Ven, varita, ven.
Lo que intento a continuación, es arrastrarme, ya que tengo los brazos libres. Clavo las uñas en el suelo lo mas alejado posible, me impulso hacia delante y repito la operación. A penas logro avanzar un par de centímetros, pero mas vale eso que nada. Aunque lo realizo repetidas veces, la distancia disminuye.
Estiro el brazo. Rozo la vara mágica con los dedos. Sólo unos milímetros, pienso. Me concentro en atraer la vara hacia mí, con la fuerza de la mente que antes no logré. Esta vez, al ser muy poca distancia, consigo hacerla temblar. En uno de los impulsivos movimientos, se deposita en la palma de mi mano. ¡La vara es mía!
-Sombra del mundo de los muertos, vuelve a tu dimensión. Por medio del dios de la magia negra, yo te envío al Hades. Soy tu verdugo, tu peor enemigo. Vuelve a tu mundo siniestro, que aquí no hay lugar para guardianes. ¡El cementerio se guarda con la noche!
La sombra parece separarse de mí, aun sin ser efectivo el conjuro. Para que lo sea, necesita unas últimas palabras, que pronuncio a continuación:
-Sombra, yo te destierro. Vuelve a los albores de la muerte, tu lugar. Regresa al plano material negativo, con tus compañeros muertos. Es la mazmorra para quién interrumpe la tarea de un siervo de los dioses. ¡Yo te lo exijo! ¡Desaparece!
La sombra, tras estremecerse en silencio, disminuye de tamaño hasta dejar la zona con la misma intensidad de luz. Volviendo así al otro lado, el mundo que le corresponde. Mientras yo caigo desplomado por el cansancio.
-Lo conseguí. -murmuro.
Tumbado en el suelo, descanso para recuperar el aliento perdido. El combate, ha mermado mis facultades considerablemente. La poca energía que me ayudaba a caminar, ha quedado disminuida seriamente. ¡Ni siquiera puedo levantar mi cuerpo!
Busco en la mochila algo para echarme a la boca. A parte de la funda de la vara mágica, no queda nada. Seguramente cayó al fuego líquido cuando colgaba de una de la cuerda del puente. Decepcionado, elevo la vara para realizar una poción curativa. Aun sin ser del grupo de magos blancos, puedo realizar determinadas curaciones para mejorar mi estado físico y el de los demás. La diferencia entre los magos negros y los blancos, respecto a las curaciones, se basa principalmente en que los negros sólo podemos realizar un tipo de curación, mientras los magos blancos tienen una para cada contratiempo. En contra, ellos sólo tienen un hechizo de ataque, mientras nosotros los conjuramos según la situación lo exija.
-Oh, hermosa Nancy. Tú, que eres la diosa de la magia blanca, quién posee entre sus manos más cantidad de amor. Nancy, la fuente de belleza eterna, observa mi situación. Irrumpe ante mis sentidos, devuelve la fuerza a mis venas. No es una cuestión de guerra, es de estado. He sido mandado por el rey de los magos, para cumplir la misión que establezca el nuevo poder al trono. Ayúdame, por el sinfín de buenos actos que realizas, por el mismo Tais, que no puede realizar tales actos. Ayúdame, para que estas piernas logren sostener el peso del cuerpo, y poder así dirigirme hacia el lugar de mi cometido.
Una luz multicolor procedente del cielo, baja dirigiéndose a donde estoy yo. Son redondeles luminosos, cada uno de un color diferente. Unos dentro de otros, y otros entrelazados con otros. Demostrando de esta manera que Nancy ha escuchado mi mensaje, y se dispone a conceder mi deseo pedido por extrema necesidad.
-Gracias, diosa del amor.
El conjunto de redondeles se detiene delante de mi cuerpo. Las rayas de colores son atraídas por mi piel, que absorbe cada una, dejando un vacío en su lugar. Al notar el contacto con cada color, siento como las fuerzas regresan, pudiendo sentarme. Cuando todos los colores han desaparecido, adentrados en mí, soy capaz de ponerme en pie sin la menor carencia.
Entonces prosigo mi viaje, hacia la cima del Montaña Sagrado. Estoy en sus faldas, tomando la primera tortuosa senda que conduce en dirección ascendente. De izquierda a derecha se bordea la montaña, hasta alcanzar la zona más alta. Hasta entonces, me queda un pesado camino.
Mientras asciendo, se puede observar las luces de las ciudades cercanas. Está todo oscuro, por lo que la visión es un consuelo. Hay algunos magos realizando hechizos. Lo sé porque en el cielo, hay bolas de fuego que sólo pueden corresponder a lo citado. Verdaderas imágenes de dragones, provocan tales conjuros. Con la ausencia de luz en la zona de los ojos, son obras maestras. Pero no estoy aquí para ver tales representaciones, sino para cumplir una misión. Dejo de prestar atención a esos ensayos y prosigo con mi viaje.
Doy tres vueltas a la montaña, por la misma senda. A la vuelta, el cráter se abre, ofreciéndome el paso hacia el cementerio, el lugar que vengo buscando. Quedo horrorizado ante la oscuridad que toma todo, una vez se cruza el umbral de la entrada. Es por las nubes que opacas, no permiten traspasar la claridad.
-Así que, este es el cementerio, de noche.
Doy una vuelta por él, mirando con determinación cada uno de los detalles. Las tumbas se cuentan por centenas y cada una de ellas, bajo sus lápidas con frases célebres, hay huecos oscuros, por donde adentrarse en la cripta o, peor aun, en una dimensión paralela, tal vez aquella donde envié a la sombra. El pánico me detiene.
-¿Tengo que entrar en uno de esos túneles profundos cuando encuentre a Siegfried? ¿Qué clase de seres puede haber ahí abajo?
Y al pensarlo detenidamente, no logro entenderlo. Esos túneles pueden prolongarse indefinidamente. Si la Montaña Sagrada está repleta de laberintos de las tumbas, puede que tengan más espacio que cualquier ciudad.
Al tomar aire para superar el mal trago, la muerte se filtra por mis pulmones. El hedor hace presencia de repente, con el más desagradable de los olores. Estoy ciertamente ante un cementerio, pero lo terrible es que puede ser inmenso. La luna y las estrellas no logran penetrar en este lugar. ¿Estoy ante el fin de mis días? No lo sé. Lo que sí sé es que voy a morir haciendo honor a mi patria.
Busco entre las infinitas tapias, el nombre de Siegfried, junto a su frase célebre. Son demasiadas tumbas para encontrar la suya. Me puedo tirar la vida, aquí buscando. Sin embargo, no cedo en mi empeño.
-Aquí hay nombres para crear un imperio. ¿Dónde estará la maldita…?
Antes de acabar la frase, aparece ante mí iluminada por un milagro. Pone sobre la piedra “Siegfried: rey de la mejor época de los magos”. Un estremecimiento recorre mi cuerpo, me encuentro ante la leyenda viva de mi reino. Me tiembla el pulso cuando elevo la vara mágica hacia el cielo, buscando conjurar mi último hechizo.
He decidido no adentrarme en las sombras. Tiene que estar el cadáver suficientemente cerca de su lápida, para que llegue a sus oídos mi voz, o la de mi dios.
-Rey de los magos, dios de la magia negra. Señor de Maguiltor, gobernante de la isla. Sal de tu agujero, restablece tu poder en el gobierno. Tu sucesor, Sigfrido, no es capaz de encaminar tus cimientos hacia una edificación gloriosa. Peca de ignorancia. Regresa de entre los muertos para encaminar los pasos de Sigfrido, para que lo que has realizado en vida, no quede consumido por el polvo en tu muerte. Responde entre los vivos, para que tu legado sea entregado a tus sucesores, y el ciclo de expansión de los magos, no concluya como así parece ser.
La tierra tiembla en mis pies. El silencio del cementerio comienza a agrietarse, con silbidos de viento. La tenue luz de la zona, va aclarando. ¡Siegfried ha escuchado mi mensaje!
Pero lo que parecía abrir un suspiro de esperanza, no es más que un contratiempo más. Al rededor mío, siete puertas encierran el secreto del mal. Siete entradas a otros mundos, o a otros tiempos. El caso es que el tejido que sostiene el mundo, parece roto justamente en este punto.
Lo que veo, que sale por una de las puertas y con una cadena de hierro se mantiene al otro lado, desgarra mis sentidos. Se trata de un ser feroz con forma de perro, tres cabezas y una cola con serpientes. Los ojos son rojos y están iluminados por una luz sobrenatural. De sus colmillos se desprende un veneno negro y mortal. Cada una de sus cabezas tiene inteligencia propia, además de los comillos mencionados. Suele ayudarse con las serpientes de su cola para ejercer constricción sobre los oponentes a los que se enfrenta. En los libros de seres peligrosos, se sitúa siempre en la primera página.
-¡Díos mío, no!
Se trata de un cancerbero, el vigilante de la puerta que conecta el plano de los seres vivos con el Hades. Pero, ¿cómo he podido convocar a semejante espécimen? ¿A caso mis conjuros han sido manipulados para causarme la destrucción?
Me encuentro justo en el medio de las siete puertas del infierno, justo en el espacio que tiene dicho ser para maniobrar, por donde la cadena le llega a alcanzar. Se acerca, sin quitarme la mirada de encima. Está a punto de lanzarse contra mí.
Los colmillos del cancerbero se aprietan con una fuerza descomunal, dejando caer un fluido transparente. Al
respirar, un bao oscuro escapa por su boca, que es un intenso veneno que va filtrándose por mis pulmones. Pero hay algo peor que todo eso, se me aproxima lentamente, aunque está a punto de saltar sobre mí.
Estoy temblando. Sólo puedo retroceder sin tener la capacidad de dejar de verlo. Petrificado ante un ser tan horroroso como el que tengo presente. Sus ojos aplastan mi voluntad de huir. Sus serpientes me agotan la razón. Y sus tres cabezas, me introducen en la locura.
Cojo mi vara mágica y, mirando al cielo, suplico por un conjuro que nunca había realizado anteriormente. Estaba ante una situación crítica y, sin convencimiento de poder realizarlo, por lo que tiene muy pocas posibilidades de tener éxito. Aun así, lo intento. Es el único que puede liberarme de semejante monstruo.
Llewin! Tú que eres el dios del fuego. ¡Llewin! Tú que me observas desde el infierno, manejando las llamas a tu antojo. ¡Llewin! Manifiéstate, crea una bola de fuego sobre mí, un escudo de llamas para ahuyentar al merodeador. ¡Dios del fuego! ¡Demuestra tu condición!
A escasos centímetros de mi piel, una capa de rojo espiritual, de elevada temperatura, me recubre, como una membrana de gelatina bañando mis sensaciones. Es el deseo suplicado a Llewin, para salvar el ataque de mi oponente.
Curiosamente, aprecio en la mirada de luz del perro sobrenatural, el reflejo de mi aureola defensiva. Pero no parece darle importancia, porque continúa aproximándose a mí, enfurecido. Al situarse suficientemente cerca, realiza un salto de varios metros cayendo precipitadamente sobre mi cuerpo. Su rostro más feroz es el que va a colisionar con mi piel, con los colmillos por delante. Pero claro, entre él y yo hay una barrera de fuego a mi favor. Un abismo infernal que debe conducirlo al lugar de donde viene.
Lo que sucede derrumba las pocas esperanzas de superar aquel duelo diabólico. El cancerbero, irrumpe ante mí notando la barrera, pero a la vez arrojándome al suelo con un empujón descomunal. Entregándome así al polvo. Caigo de espaldas, derrotado por un simple contacto, aun teniendo la mano protegedora de Llewin. ¡Ese ser es invencible!
Me siento destrozado en el suelo. Veo como se lamenta por las heridas provocadas por mi desesperada defensa, que por cierto se ha desvanecido con el golpe. Poco a poco se reincorpora, volviendo hacia mí mucho más enfurecido que antes. Pero esta vez no puedo realizar ningún conjuro. Estoy realmente agotado y ni siquiera tengo la vara en mi mano. Debió caer cuando me atacó.
Cierro los ojos para no ver el desenlace, queriendo morir antes de ser presa de tal monstruo del inframundo. Siento su aproximación como un desgarro del alma. A penas mantengo la visión fuera de él un par de segundos, cuando los vuelvo a mirar me encuentro alejado del lugar donde se encuentra el perro de presa. Pero la angustia sigue presente.
-Tienes que llevar cuidado con los seres del infierno.
A mi lado se encuentra una hermosa mujer, de piel blanca. Su voz es una dulce balada, capaz de enamorar al sonido. Su cuerpo es un encanto de la vista, una ilusión. Tiene una precisa melena rubia, con reflejos de luz. También tiene una mirada azul, penetrante. Y una sonrisa, capaz de aplacar a las fieras. Tal vez sea eso lo que haya hecho.
-¿Qué ha pasado?
-Te acabo de salvar de un señor monstruo.
Miro alrededor. Me encuentro en un lugar que nunca había visto antes. Es en el mismo cementerio, pero en otra zona completamente distinta.
-¿Quién eres? ¿Dónde estoy?
La dulce mujer ríe alegremente. Mi salvadora me mira con unos ojitos sacados del paraíso. Me causa un entusiasmo, un paréntesis en mi misión tumultuosa en el cementerio.
-¿Quién eres? -vuelvo a preguntar.
-No soy de tu mundo. Si revelaras mi existencia a tus superiores, vendrían a encerrarme en la prisión del sur, o como poco, a desterrarme.
No sé quién es, pero está aquí, y me fascina por el simple hecho de mirarla. Tiene un cuerpo precioso, carente de defectos. Es un ángel caído del cielo, del mundo prometido por los dioses, del milagro de la maravilla.
-No voy a decir nada, pero dame las respuestas que tanto ansío saber.
-Mi nombre es Nancy. Soy hija de la diosa del amor y reina de los elfos. Mi lugar es el reino de los bosques, aunque ando por estas tierras en busca de nuevas aventuras que contar a mi gente. Por mi condición de semidios, y mis poderes mágicos, puedo permitirme el lujo de descubrir nuevos horizontes, sin temer a nada, ni nadie.
-¿El cementerio?
-Me encanta la idea de visitar a los muertos y encontrarme con seres del otro lado.
La miro extrañado.
-No me mires así. Es un gusto muy extendido entre los míos.
-¿Entonces por qué temes que mi superiores te capturen?
Ella sonríe.
-La idea de ser encerrada, me horroriza. Es la única posibilidad que tengo de acabar fatalmente con mi aventura. Puesto que como te he dicho, el resto de opciones las puedo superar sin dificultades.
Al entender su historia, quedo paralizado. No logro entender que nadie pueda agradarle el ir de un lado para otro, pero supongo que hay gente para todo.
-¿Dónde estamos?
-Esto es el suroeste del cementerio. Casi nadie para aquí. Es el lugar menos visitado del cementerio. Para entrar aquí hay que rodear el cráter de la montaña por el interior y entrar por atrás. Vamos, que hay que caminar más con diferencia.
La miro, maravillado una vez más con su belleza. ¿Son así los elfos, con esta belleza tan… exagerada? Tiene algo, que la hace especial, que amenaza con quedarse dentro de la membrana de los recuerdos y no salir. Esa mirada azul… Ese pelo.
-Tengo trabajo pendiente. No puedo quedarme a charlar contigo.
-¿De qué se trata? Igual puedo ayudarte.
Dudo unos segundos. Accedo a contarle mi misión, ya que no tengo nada que perder. Ese resplandor de sus
ojos me está matando, obligándome a obedecer en todo lo que me dice, con una fuerza que actúa dentro de mí.
-El antiguo rey de los magos, Siegfried ha fallecido. Su sucesor, Sigfrido no es capaz de gobernar con la eficacia de su antecesor en el trono. Por ese motivo, se me ha encomendado la misión de venir al cementerio a intentar una conversación reveladora con el muerto.
Se sienta en una piedra, en la penumbra de la noche. Sus ojos se ven débilmente, ampliados en su profundidad y color.
-¿Tienes el libro de hechizos y conjuros?
Niego con la cabeza, abatido.
-Se me debió caer al río de fuego.
-Está claro que necesitas nuevos conjuros. Ese último que has intentado, no ha salido muy bien…
Río con ella al pensar en la bestia con la que me enfrentaba. Aun tengo los arañazos producidos por la caída a tierra. Mis ropas están llenas de polvo. Mucha suerte he tenido con que Nancy andara cerca.
-Pues habrá que probar otro diferente. Por suerte se pueden improvisar.
-¿Quién es tu dios? -pregunta con dulzura enseñando una sonrisa brillante.
Tais, aunque podría invocar a cualquiera de los siete.
-Creo que deberías probarlo con Samuel.
Un escalofrío me recorre el cuerpo. Samuel es el dios del mal, propio de los gull’s.
-No, a Samuel no. Es capaz de enviarte un bicho peor que el perro ese.
-Ya he oído el conjuro que has hecho. ¿Desde cuando se realiza convocando directamente al muerto en cuestión?
-¿Y tú que sabes? ¡No eres un mago! -ataco completamente enojado.
Nancy entristece.
-Pero sé de las artes que utilizáis.
-¿Qué te sucede?
Al ver que he apreciado su estado de ánimo, vuelve en sí reaccionando alegremente. Como si quisiera ocultar un mal presentimiento.
-Nada. ¿Qué me podría suceder?
-Sabes algo, ¿qué te preocupa?
Nancy me mira, inquieta.
-Despertar a los muertos no es algo que se pueda hacer a la ligera. Normalmente no se llega a hablar con ninguno, y cuando se consigue -mira al suelo-, suceden cosas espantosas a la persona que lo ha conseguido y a los que lo rodean.
Quedo petrificado mirándola. Verla triste, contemplando una visión futura, me pone los pelos de punta. Además mi corazón se parte, por sentirme plenamente vinculado con ella. Por el mero hecho de ver su dolor, me siento realmente mal. Y encima me veo como el culpable de que esté así.
-¡Es mi misión!
-Lo sé. Eres muy valiente al adentrarte en estos pasajes desoladores, aun con el corazón encogido por el miedo. Tan valiente que después de enfrentarte a dos seres del Hades, continúas pensando en acabar tu misión, aunque tuvieras delante al mismísimo Samuel enfrente.
-¿Qué quieres decir?
-Tú no eres un experto. Han cogido al primer pardillo para que realice una tarea que se antoja cuanto menos imposible. Y sin embargo tú estás aquí, a punto de desencadenar una catástrofe, pero sigues empeñado en tu mandato, ciego cuando la luz soy yo misma. Sabes, la tierra puede abrirse y el mismo diablo puede salir.
-¡Has sido tú quién me ha propuesto invocar a Samuel!
-No se trata de eso, y lo sabes. Has perdido el control, acabas de atraer al mundo de los magos un cancerbero. ¿Lo sabes, no?
-También he mandado una sombra al Hades.
-Cuanto más comprometidos realices los conjuros, posiblemente seres más poderosos atraerás a esta montaña. ¡El continente no es lugar para monstruos!
Comprendo cada palabra que dice. Tiene tanta razón que me hace temblar. Su frialdad, su paciencia, su actitud de ayudar… Su máscara. ¿Qué estará pensando realmente?
-¿Qué quieres que haga? No puedo regresar a mi reino sin la misión cumplida. Me tacharían de cobarde y, posiblemente, perdería el rango de siervo de Sigfrido.
-¿A caso sabes cuál es la labor tan brillante que estaba realizando Siegfried, para que Sigfrido tenga la necesidad de continuar su éxitoso gobierno?
-¡Pues claro! El mundo de los magos está en proceso de expansión. Gracias a Siegfried el terreno aumentó durante su reinado en dos ciudades, y lo dejó en una situación inmejorable para continuar con su expansión.
Nancy no se sorprende en absoluto. Su rostro prosigue frío, con la mirada fija en mis ojos. Parece estar a punto de revelar un secreto de estado. Nunca he visto a nadie con semejante semblante de convicción.
-¡Eso son los informes oficiales! ¿Tú has visto algo de lo sucedido en los últimos años?
Ahora que lo dice, un extraño pensamiento vuelve a mi mente. En el pasado, Siegfried siempre ha actuado en secreto. Las conquistas que ha realizado han sido sobre el norte, en terreno de los gull’s.
-¿A dónde quieres llegar?
Siegfried no ha hecho más que crearse enemigos en el continente. Al conquistar las ciudades, por cierto propiedad de los gull’s, ha sido siempre a través de engaños.
-¡Los gull’s siempre han constituido un problema para todos!
La mirada de Nancy arroja fuego sobre mis ojos. Es una fiera a la hora de convencer. Un ángel con implacables palabras repletas de convicción.
-Jamás fueron un peligro para nadie, sólo fue una excusa para condenar su civilización.
-¿Y el veneno? Si es precisamente por eso, por lo que nos ayudan los humanos.
La luz de su figura inunda la armonía de sus palabras. Tiene razón, pero ésta no se puede aceptar. Siegfried fue un héroe, no un mentiroso.
-Realmente no sabes nada sobre el plan de Siegfried. Cumplir la misión exigiría transmitir una información que no será aceptada por tus superiores.
Una chispa de energía parece recorrer los ojos de mi compañera.
-Estás condenado, amigo mío. Vuelvas como vuelvas, no te acogerán con los brazos abiertos.
Está acabando con las pocas fuerzas que me quedan. Quedo entregado totalmente a ella. Al no poder regresar a mi lugar, tengo la necesidad de vagabundear con alguien.
-¿Alguna sugerencia?
-Me vendría bien un compañero de aventura.
La miro con el gesto serio.
-Salgamos de aquí. Este cementerio me da mala espina.
Nancy acepta mi proposición de buena gana. Ya ha pasado el suficiente tiempo aquí metida, salir le vendrá bien.
Cuando alcanzamos la zona donde antes estaba el cancerbero, entre las siete puertas del infierno, un murmullo recorre nuestros corazones. Es la firma de la muerte, que sucede como algo increíble ante nosotros. El ser que estuvo a punto de mandarme al otro barrio, yace inmóvil con las tres cabezas dobladas. Las puertas han desaparecido y en su lugar el terreno está chamuscado.
-Ya es demasiado tarde…
-¿Qué ha sucedido? -pregunto sin creerme lo que veo.
-Mis poderes comienzan a fallar… ¡Lo he visto, pero no he podido evitar!
-¡Dime que ha sucedido!
-Estamos ante un acontecimiento que sucede cada mil años. Un ser del Hades, ha cruzado una de las puertas enfrentándose al perro diabólico que protege el paso, y no sólo eso, sino que además lo ha derrotado. Esto demuestra que ese muerto tiene mucha más fuerza que cualquier mago de tu mundo. Ese guardián de la puerta, es de lo más feroz que hay. No conozco a nadie capaz de vencerlo en tan poco tiempo.
-Pero… ¿cómo ha podido suceder?
Ella ríe, sin preocuparle en exceso lo sucedido.
-Está muy claro. Tú has realizado un hechizo que ha abierto una brecha entre ambos planos, y uno de los seres del otro mundo, ha aprovechado para salir.
-¡Hay que devolverlo a su lugar de origen! -exclamo con fogosidad.
-No va a ser tan sencillo como a esa sombra de antes. Este ser, si ha derrotado al temible vigilante, es capaz de devolverte los hechizos multiplicados por cien. No creo en verdad, que haya ningún arte mágico capaz de ejercer una fuerza contundente sobre esta alma rebelde.
-¿Qué puedo hacer? -digo irritado- Yo he dejado que escapase, y yo debo devolverlo a su lugar. Aquí seguramente sea un peligro para todos.
-No lo creo así. Además de fuerte es inteligente. Igual no le divierte asesinar a vivos, y que le sí le entretenga observar a los tuyos desde la distancia.
-Entonces, hay que seguirlo. No podemos permitir que campe a sus anchas.
-De acuerdo -dice de un salto Nancy-. Yo iré contigo. Mi ayuda te será útil. Y será una buena aventura.
Pero claro, al intentar pensar en la posible dirección del espectro, la mente se queda en blanco. Ni la más remota idea de por donde ha podido ir. Miro a mi compañera, esperanzo que ella sí lo sepa para poder proseguir con lo acordado.
-Claro que sé donde ha ido. ¿No recuerdas que soy capaz de leer el futuro? ¡Esto es mucho más sencillo! -dice con energía- Por ahí.
Su mano indica el lugar por donde he venido. Pero, eso no es posible. ¿Cómo iba a averiguar el espíritu donde se encuentra Maguiltor, cuando lo ve todo borroso? Para él este mundo es como para nosotros el Hades. No lo entiendo.
-¿Se dirige a Maguiltor?
-Sí, exacto. Va a reclamar el trono.
-¿Cómo?
-Lo que has oído. Quiere proseguir su reinado.
-¿Quieres decir que se trata del mismísimo Siegfried?
-¡Exacto!
-Pero si ya se ha nombrado un sucesor. Sigfrido. ¡Ha pasado a la historia!
Me mira, divertida.
-Pues démonos prisa si queremos llegar antes que él, y sobretodo, no encontrarlos con un ataque de locura.
La miro, extrañado. Hace un momento me acaba de pedir que no hablara de ella. ¿Cómo tiene el valor de presentarse en la misma capital?
-¿Y si te encarcelan?
-Correré el riesgo. Esta historia me gusta para contarla. ¡Necesito conocer el desenlace!
Río para mí mismo.
-¡Estás loca!

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